dilluns, 3 d’agost de 2009

HOBSBAWM, Eric J.

"LA ERA DE LA REVOLUCIÓN. 1789-1848"
 

HISTORIA CONTEMPORÀNIA / SEGLE XIX

Editorial Crítica, S.L. / Pàgines: 311 / ISBN 84-8432-250-5


"L'era de la revolució. 1789-1848" ofereix una visió global de les transformacions que van tenir lloc entre 1789 i 1848, des de la Revolució francesa i l'enlairament de la industrialització britànica fins a la revolució de 1848 i el Manifest Comunista. Una visió que no es limita als esdeveniments polítics i als avenços econòmics, sinó que abasta temes tan diversos com els nacionalismes, les lluites camperoles, el moviment obrer, les idees religioses, la ciència o les arts. "L'era de la revolució. 1789-1848" és un llibre aclaridor sobre els orígens i els fonaments del món contemporani.



Es poden llegir alguns dels recents articles d'en Hobsbawm a Rebelión

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"EL MUNDO NECESITA RECUPERAR LOS VALORES DE LA ILUSTRACION."

HISTORIA CONTEMPORÀNEA / SEGLE XX

Publicat a La Vanguardia el 2 de desembre de 2007.


En aquesta entrevista, analitza les grans qüestions contemporànies, des del futur d'Europa a les grans migracions passant per la persistència del model dialèctic entre esquerres i dretes.

A continuació reproduïm integrament l'article:


El historiador británico Eric Hobsbawm es una referencia tanto para los estudiosos del siglo XX como para los analistas del presente. Sus tesis marxistas no dejan a nadie indiferente y consiguen el efecto de una tormenta de ideas. En esta entrevista, analiza las grandes cuestiones contemporáneas, desde el futuro de Europa a las grandes migraciones pasando por la persistencia del modelo dialéctico entre izquierdas y derechas.


Eric J. Hobsbawm, nacido en Alejandría en 1917, es el historiador vivo más leído del mundo. A sus 90 años, sus libros siguen despertando un interés masivo entre un público interesado por el siglo XX y por el presente. Recientemente estuvo en Barcelona, donde de la mano de la editorial Crítica, pronunció una conferencia (12 de noviembre, en el CCCB) y el amplísimo sótano de la institución se quedó pequeño por la gran afluencia de personas, que superó, de largo, los siete centenares. Esta capacidad de convocatoria de Hobsbawm se explica porque, además de ser miembro del grupo de historiadores marxistas británicos, es un analista muy influyente entre la izquierda en el mundo.

El autor de las eras históricas contemporáneas, que concreta en la de la revolución (1789-1848), la del capital (1848-1875), la del imperio (1875-1914) y la de los contrastes, convertida ésta en una canónica Historia del siglo XX, es un referente intelectual por su claridad teórica, capacidad generalizadora y perspicacia por los detalles. Sus argumentos, basados en el saber crítico y en documentados razonamientos, convierten su lectura en una sugestiva tormenta de ideas sobre el presente y las perspectivas de futuro. Todo ello al margen de que se esté o no de acuerdo, por ejemplo, con respecto a su posición euroescéptica, por citar una de las cuestiones. Aprovechando su estancia entre nosotros, hemos recabado su opinión acerca de ocho grandes temas del presente: la hegemonía mundial, la guerra del siglo XXI, la dualidad entre derecha e izquierda, el futuro de Europa, la tendencia fundamentalista en las grandes religiones, las grandes migraciones, la complejidad del presente y la receta para entender el mundo actual.


¿Qué sustituirá al viejo sistema de hegemonías que regía el mundo?
Estamos en un momento de declive de la hegemonía mundial. Estados Unidos sigue siendo el país más potente y hegemónico, pero a raíz de lo acontecido en la guerra de Iraq, no está en condiciones de desempeñar el papel que ha tenido hasta ahora y el que pretendía el presidente George W. Bush seguir desempeñando. Nos encontramos, pues, al final de un periodo de la historia occidental que se ha distinguido por un gran crecimiento económico y tecnológico que ha traído como consecuencia una gran acumulación de riqueza. Sin embargo, y a pesar de este declive, la hegemonía occidental está en disposición de proyectar su enorme influencia por el gran capital acumulado en la educación y en las instituciones científicas.

Por otra parte, China está adquiriendo fuerza para convertirse en una primera potencia mundial, aunque los dirigentes chinos no han demostrado hasta el momento tener las aspiraciones hegemónicas que en el pasado tuvieron Gran Bretaña y, más tarde, Estados Unidos. Por tanto, la cuestión es en la actualidad la caída de poderes hegemónicos y la emergencia de otros países, fundamentalmente China.

¿Vamos, pues, hacia un nuevo equilibrio mundial?
Según mi opinión, el principal cambio que se está produciendo es de orden político y tiene dos vertientes. Por una parte, el mundo se encuentra en un proceso de balcanización, de emergencia de pequeños poderes. Piense en Europa, por ejemplo. En 1913 había apenas 20 países. Todavía no ha transcurrido un siglo y ya son el doble. Paralelamente a este proceso, los países grandes se vuelven más poderosos, y no sólo las grandes potencias industriales tradicionales, sino los países con economías emergentes, como son la citada China, India, Brasil y otros. Esto obliga a los primeros a negociar con los segundos en condiciones de igualdad en plataformas como la Organización Mundial del Comercio o instancias similares. Por tanto, el nuevo equilibrio tendrá que producirse entre las antiguas potencias y las emergentes.

Hay quien piensa que el nuevo equilibrio se dará entre Estados Unidos y la Unión Europea. No es seguro, entre otras razones porque las políticas europeas han estado alineadas con las estadounidenses. Si ha habido un cierto enfrentamiento ha sido únicamente en el aspecto económico. Por otra parte, hay problemas de equilibrio que no son globales sino regionales. Y la mayoría de estos problemas surgen en Oriente Medio y en el Sudeste Asiático. Allí es donde aparece hoy el principal peligro para el equilibrio mundial, porque, junto con África, son las áreas donde surgen las grandes guerras y las catástrofes sociales.

¿Cómo será la guerra del siglo XXI?
Grandes guerras como las de la primera mitad del siglo XX, que conforman el siglo más sangriento de la historia, son posibles pero no probables. Las grandes guerras entre países creo que están prácticamente excluidas. De hecho, ya han estado ausentes en el siglo XX en las Américas (con la salvedad de la guerra del Chaco, entre 1932 y 1935, entre Bolivia y Paraguay) y es muy difícil imaginarlas, ahora, en la Europa occidental y central. En Asia sigue siendo una posibilidad, pero creo que el equilibrio entre China, India y Pakistán la hacen menos probable.

En cambio, lo que es más corriente en la actualidad son los conflictos bélicos dentro de un estado con la intervención militar desde otros estados, desde fuera. Esta es la situación en Oriente Medio y en Afganistán. Y la característica principal de estos conflictos es que la actividad militar es relativamente pequeña, pero sus efectos sobre la población civil es desproporcionadamente grande. En la actualidad, la proporción de víctimas civiles de cualquier guerra se sitúa entre el 80 y el 90%, cuando en la Primera Guerra Mundial la cifra sólo fue del 5%. En cambio, el personal militar y el número de soldados que interviene en los conflictos es relativamente pequeño.

(En Guerra y paz en el siglo XXI, Eric Hobsbawm esboza la siguiente previsión: “En el siglo XXI, la guerra no será tan sangrienta como lo fue en el siglo XX, pero la violencia armada, que dará lugar a un grado de sufrimiento y a unas pérdidas desproporcionadas, continuará omnipresente y será un mal endémico, y epidémico por momentos, en gran parte del mundo. Queda lejos la idea de un siglo de paz”).

¿Está vigente la dualidad derecha-izquierda?
Sí. Aunque ha cambiado su naturaleza, tanto que apenas es reconocible. Esto se debe en gran parte al declive de las ideologías de progreso que arrancan de los procesos revolucionarios de Francia y de Estados Unidos, en el XVIII, en los que sustentó la izquierda. Uno de los hitos de ese cambio es la revolución iraní de 1979. Una revolución social en toda regla, pero no realizada según la ideología tradicional. Es en gran parte uno de los grandes problemas del presente y es que las revoluciones que antes eran consecuencia del descontento social, ahora se mueven por otras ideologías, por otros problemas. Sin embargo, la dualidad derecha-izquierda sigue presente en los países ricos de Occidente porque está profundamente arraigada. En otras partes del mundo, cuando se produce un movimiento revolucionario, la bandera que se levanta es todavía una reminiscencia de aquella ideología liberadora, especialmente en algunos movimientos populares de América Latina, donde sigue existiendo una izquierda histórica. Hay otros ejemplos, donde se observan diversos elementos en mezcla. Por ejemplo, en India ha aparecido un movimiento emergente de clase media, religiosa y de derechas, al mismo tiempo que está en declive el movimiento nacionalista, el del Partido del Congreso, que lideró la independencia, todo ello conviviendo con la presencia de un partido comunista muy potente. En general, por tanto, mientras existan ricos y pobres habrá diferencias ideológicas en forma de derechas e izquierdas. Incluso, aunque los pobres no sean muy pobres, los ricos son cada vez más ricos, de forma que la dualidad por la que me pregunta seguirá existiendo.

¿Existe una regresión fundamentalista en las grandes religiones?
Sí, en la mayoría. Incluso en el budismo. Pero no son regresivos. Se trata, en muchos casos, de fenómenos nuevos que nada tienen que ver con la tradición. Por ejemplo, me remito de nuevo a la revolución iraní de 1979. La propuesta del ayatolá Jomeini no tiene nada que ver con el islam tradicional. De hecho, lo que propone es un Estado moderno, con una base territorial. Otro ejemplo es el fundamentalismo judío, que en el pasado estuvo claramente enfrentado con el Estado sionista y que, desde 1967, no sólo es sionista sino que es imperialista. Otro ejemplo es el fundamentalismo protestante norteamericano, que se ha vuelto profundamente republicano, y no siempre fue así. Otro caso es el del fundamentalismo evangelista en Brasil, que no está alineado con la extrema derecha sino que apoya al Partido de los Trabajadores de Lula. Por tanto, es preciso analizar estos movimientos fundamentalistas a fondo para saber hasta qué punto son o no regresivos.

¿Es el futuro de Europa más Europa?
La situación de la Unión Europea se ha complicado a partir de la ampliación hacia el este. Y se complica en la medida en que Europa se ha convertido en parte de la política local, un factor que se ha comprobado en los referendos sobre la Constitución. La conclusión es que si democratizas las decisiones sobre Europa, los europeos pueden votar en contra y eso genera muchas dudas. El tratado de Lisboa se aprobará con el refrendo de los votantes de un solo país, Irlanda. En los demás países serán los parlamentos los que lo ratificarán. La idea original del tratado de Roma de crear una federación o un bloque ya no es realista. Es imposible crear una política exterior y una fuerza militar única. De hecho se viene a dar la razón a la vieja idea del general De Gaulle de la Europa de las patrias, con una excepción, junto con la creación de un Tribunal Supremo, que es la económica mediante la implantación del euro y no en todos los países de la Unión. Según mi opinión, la Unión Europea ha fracasado en el ámbito legislativo, en el ejecutivo y sólo ha logrado cierto éxito en el judicial. El origen de ese fracaso, según mi opinión, es que la Unión Europea se basa en una reacción pasajera a las grandes guerras de la primera mitad del siglo XX y es su pluralidad la que la identifica, una pluralidad que viene desde el imperio romano. La conciencia de Europa como entidad geográfica es muy moderna. De hecho, nace de una pequeña comunidad elitista en Francia, Gran Bretaña y Rusia, que se relaciona a través de las fronteras a finales del XVII, y que les une, además de una lengua que es el francés, las ideas de racionalidad, progreso y mejora de la condición humana. Por tanto, la idea de que la identidad de Europa tiene una base cristiana tampoco es válida. Estas elites acabarán conformando las naciones estado, en movimientos contradictorios entre la unión y la división. A medida que se pierde el miedo a la guerra, aparece la balcanización, que es el proceso en el que nos encontramos, y movimientos xenófobos por un sentimiento de diferencia. Y con culturas locales, globalizadas. Por tanto, la tendencia histórica va contra la Unión Europea.

¿Cuál será el impacto de las migraciones en los países desarrollados?
Creo que se puede afirmar que el principal impacto es desproporcionado con respecto al número de personas que emigran, que es relativamente pequeño. Este impacto en los países que reciben inmigrantes es que crea problemas sociales y políticos. Especialmente, políticos. La fuerza de este factor se puede ver reflejada en el siguiente hecho. La mayoría de los gobiernos, bajo una fuerte influencia del neoliberalismo, han asumido las consecuencias de los movimientos de capitales y de los factores de producción. Pero ni uno solo de ellos ha logrado hacerlo con el movimiento de las fuerzas de trabajo. En Europa era relativamente sencillo controlar estos movimientos migratorios cuando eran pequeños, pero ahora se complica porque cuando uno ha entrado en Europa, se puede mover libremente dentro de ella. Por otra parte, es difícil imaginar cómo debe crecer Europa sin renovar su fuerza de trabajo.

¿El futuro europeo es un melting pot como ocurre, por ejemplo, en Brasil?
El futuro no es tanto Brasil como el modelo estadounidense, porque no es tanto un problema de color de la piel como la existencia de grandes núcleos urbanos de integración relativamente fácil, como ocurre en Londres y en Barcelona y Madrid, donde hay pocos problemas de fricción. En cambio, el problema es cultural. Volviendo al caso de Londres, hay población procedente de India, Pakistán o Bangladesh, con unas diferencias culturales y religiosas que causan problemas especialmente a partir de las segundas generaciones porque insiste en mantenerse diferenciada y separada culturalmente. Una de las cosas que me deja perplejo es que este problema no haya surgido en Latinoamérica. Ha habido, sí, grandes movimientos migratorios entre países sin que haya habido problemas de fricción, ni provocado reacciones nacionalistas.

¿Es ahora el mundo más complejo, o nos lo parece?
Claro que es más complejo. En casi todo, por la mezcla de lo viejo y lo nuevo, que coexisten. Esto nos hace vivir en la incertidumbre de no saber hacia dónde vamos. Las reglas antiguas ya no funcionan o se están debilitando. Mientras que no están claras las nuevas, hay un vacío en el que intentamos ubicarnos. Y esto es especialmente verdad en los países desarrollados y en las viejas instituciones. Se ve en la debilidad de la Iglesia católica en países como Irlanda o España. Sí, definitivamente, el mundo es más complejo.

Ante este horror vacui , ¿cuál es la receta?
En mi opinión, el mundo necesita recuperar los valores de la ilustración, para afrontar el futuro. Aquellos que creen en el progreso humano, de toda la humanidad, a través de la razón, la educación y la acción colectiva.


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