dissabte, 18 de setembre de 2010

KUBRICK, Stanley

Senderos de gloria (1957)
A la França de 1916, durant la Primera Guerra Mundial, el general Boulard ordena la captura d'una inexpugnable posició alemanya i encarrega aquesta tasca al ambiciós general Mireau. Aquest, al seu torn, ordena al coronel Dax que encapçali l'atac. La presa del turó resulta un infern, i el regiment torna a les seves posicions. L'alt comandament militar, irritat per la derrota, decideix castigar i donar exemple als soldats.

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Crítica d’Octavi Marti a EL PAIS, 19 d’octubre de 1986:
UNA PELÍCULA MUY PROHIBIDA.

"...Con casi 30 años de retraso nos llega esta película de Stanley Kubrick, la primera que él rodara disponiendo de un presupuesto medianamente alto —900.000 dólares, 300.000 de ellos para su protagonista— gracias al éxito obtenido con la recientemente repuesta Atraco perfecto.
El retraso se debe a la indignación que el filme despertó entre los censores de distintos países, entre ellos los franceses, británicos y, cómo no, españoles. Pero, ¿por qué tantas prohibiciones? Hemos citado sólo la reacción de los guardianes de la moral de unos pocos países, pero fueron muchos más los que impidieron que esta película, basada en una documentación estricta y que reconstruye hechos que realmente ocurrieron en el frente durante la 1 Guerra Mundial, pudiera ser vista por esos ciudadanos a los que, cuando llega el momento, se reclama para que se incorporen a filas y sean protagonistas de desastres semejantes a los mostrados en la pantalla. La indignación que provocó Senderos de gloria no tiene nada que ver con la de The bigparade o Sin novedad en el frente, y su tono tampoco la asemeja a La gran ilusión, de Renoir, con la que sí mantiene algunos puntos de contacto.
Senderos de gloria no es una película antibelicista al uso, el suyo no es un discurso humanista que nos muestre los horrores de la guerra y pretenda imponer la fraternidad universal por encima de conflictos entre naciones o clases.

Decorado siniestro
En Senderos de gloria, el abuso o la utilización que se hace del poder es el tema central del filme, y las masacres bélicas son sólo el decorado siniestro, filmado con tanto virtuosismo como frialdad, en el que transcurre la batalla sorda entre generales ambiciosos, concretamente entre dos ilustres generales interpretados por Menjou —formidable en su cinismo— y George Macready.
Los soldados que ellos comandan son tanto o más víctimas que los enemigos de las ambiciones de los militares profesionales. Si Menjou le propone a su colega un ascenso a cambio de que se apodere- de una posición alemana inexpugnable, éste acepta el reto aunque eso le obligue a disparar contra sus propios hombres para evitar que retrocedan.
Luego, cuando el fracaso se ha consumado a costa de centenares de vidas, habrá que buscar unas víctimas propiciatorias a las que culpar de la derrota.

Parafernalia militar
Menos sarcástica que la postenor ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, esta película de Kubrick no juega ni con el humor ni con la ironía. Tampoco dedica especial atención a los ideales o a las grandes palabras que pronuncia el coronel Dax, interpretado por Kirk Douglas y supuesto héroe de la función, sino a las personas e instituciones que manejan toda la parafernalia militar, ya sea en el terreno de la guerra ideológica o en el campo de batalla.
El general Broulard, al descubrir que Dax denuncia a su superior sin propósito de medrar, se escandaliza: “O sea, que usted quería salvar de verdad a esos hombres. Es usted un idealista, y le compadezco”..
Senderos de gloria es algo así como una invitación a la desobediencia, a desconfiar siempre de quienes mandan, y eso, desde la perspectiva de un censor, es mucho peor, más corrosivo, que recordar los millones de muertos que han generado las dos últimas grandes conflagraciones. Con esto queda claro que el tratamiento formal y dramatúrgico que Kubrick busca para el filme está en consonancia con sus ideas...”



Lolita (1962)

Humbert Humbert, un professor de quaranta anys, acaba d'instal.lar-se a Ramsdale, New Hampshire. Allà s'enamora perdudament d'una nena d'onze anys, tant que concep un pla mestre: es casarà amb la seva mare, Charlotte Haze, per poder estar sempre a prop de l'objecte dels seus afectes: l'alegre adolescent, la irresistible nímfula de nom encantador, líric i melodiós: Lolita.


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Comentari a EL PERIODICO, 9 de setembre de 1983:
LOLITA

“...A raíz de 2001: una odisea del espacicio, La naranja mecánica y Barry Lyndon la impresión general es de que Stanley Kubrick es, no sólo un buen director, sino un artífice de películas grandes, radiantes, con un colorido espectacular. Un director de superproducciones, en suma. Pero esa es una impresión equivocada porque antaño la fama de este rey Midas del cine moderno se cimentó gracias a dos films en blanco y negro, Paths of glory y Lolita.
En Lolita, hoy en el cine Céntrico, Kubrick llevó a cabo una concentrada y amarga adaptación del best-seller de Nabokov que rompió los sueños de una juventud americana sonrosada, limpia y familiar. Lolita se convirtió en el término que definiría a esas adolescentes de expresión ingenua y matas Intenciones, dedicadas a no dejar hombre maduro tranquilo sobre la tierra. Sue Lyon, retozando con su hoola-hoop por el jardín, ante el estupor de James Mason, un profesor culto y respetable que terminará echándolo todo por la borda con tal de poderle pintar las uñas de los pies, fue la intención que removió los rescoldos de otro escándalo con chiquilla calenturienta, aquella Baby Doll que provocó las iras del cardenal Speflman. Las interpretaciones extraordinarias de Mason, Peter Sellers y Shelley Winters completaron la fuerza de Lolita, todo un impacto...”

Article de G. CABRERA INFANTE a EL PAIS, 21 de novembre de 1982:
LOLITA, cumple 27 AÑOS

La reposición en las pantallas españolas de la película Lolita, de Stanley Kubrick, provoca en el autor de este artículo el recuerdo de su primera lectura de la novela del mismo título de Viadimir Nabokov, publicada en 1955, que constituyó un escándalo y la consagración de su autor. El propio escritor realizó el guión cinematográfico que Kubrick filmó en 1962. La película, protagonizada por Sue Lyon, James Mason, Shelley Winters y Peter Sellers, que se estrenó en España en 1971, en los recién creados circuitos de arte y ensayo, tuvo problemas con la censura en varios países. ‘Lolita’ cumple 27 años. Vuelve a las pantallas la película de Stanley Kubrick, protagonizada por Sue Lyon y James Mason, sobre la novela de Viadimir Nabokov.
 
G. CABRERA INFANTE
“...En La Habana vieja, en una calle irlandesa, O’Reilly, había una librería francesa llamada la Casa Belga. Allá iba yo a comprar cada semana Cinemonde, la revista parisina popular en el mundo del cine de entonces. Si es memorable es por sus abigarradas portadas a cuatro colores, de un kitsch cálido (como Martine Karol en Lucrezia Borgia o en Naná, toda tetas teñidas: de yodo la piel, de yema el pelo), y por sus títulos de películas notables por su sentido insólito, que a veces solía coincidir con el original. Así, High Noon no se llamaba Solo ante el peligro, como en España, sino El tren pitará tres veces, y The Set-up no era El perdedor, como en Cuba, sino Hemos ganado esta noche, mientras que la legendaria Lo que el viento se llevó se llamaba en Cinemonde, entre exclamaciones, con un título que siempre me recordó a un director de cine de moda entonces, Auntant Lara: este clásico del cine en color, con 10.000 extras y un productor que reía mientras Atlanta ardía, se convirtió en francés en Autant en emport le ven !.
Amado Alonso (sin parentesco con don Amado Alonso: nótese que no tiene don), el dependiente de la Casa Belga, me facilitaba cada mes Cahiers du Cinema, el cinemonde de la crítica. Pero de cuando en cuando me mostraba de soslayo el título prohibido de un libro que se vendía en todas partes, y me lo aseguraba, como camp caliente, venido, como Cinemonde, como Cahiers y los bebés, de París. Solían titularse estos libros libertinos con nombres como Prelude charnel o Les chansons de bilitis, y estaban primorosamente ilustrados, a mano y a todo color subido, con paisajes poblados por ninfas ninfómanas y faunos fálicos. También tenía Amado a mano novelitas de The Obelisk Press, editadas en Francia en inglés, y ya se sabía qué eran estas ofertas bilingües: una ofrenda de amor en cada entrega. Algunos IIbros estaban infibulados para garantizar al cliente la virginidad total del tomo: la posibilidad de un desfloramiento bíblico se aseguraba sólo al comprador, ceremonia previa al goce de la lectura prohibida. La librería se convertía así en álbum y harén, y los lectores éramos, como Valentino, hijos del jeque.
Amado Alonso, impar, era un asturiano de edad media, mediano, de peso medio, con caderas y cara maciza, de cabeza clara y frente despejada. Siempre de cuello y corbata, sin siquiera reparar en la cruel canícula. Este era el invierno de su contento en esa Casa Belga que nunca conoció el frío exótico del aire acondicionado. Su ambiente enrarecido por el bochorno, horno y entorno erótico, apenas lo movían las aspas altivas del ventilador que pendía del cielo raso como una palmera invertida. Si Amado Alonso era serio, más estólido, sólido, era el propietario, que nunca dejaba la trastienda tórrida.

Humor y sorpresa
Cuando lo hacía, raro, se mostraba un belga bajo o del País Bajo: rosado, de barba cana y con aspecto de holandés errado, más que de valón. Se llamaba Vandamn, y al conocer el viejo vicio que lo transportó en éxtasis de Amberes a una antigua antípoda ambigua, yo lo llamé Vandamned, recordando el círculo como un hoyo que reserva Dante en su infierno a los pederastas pasivos. Fue así, con más humor que sorpresa (o vicio versa), que supe que Vandamn y Alonso eran amado y amante y bailaban cada noche un flamenco raudo y lento, fraudulento, con castañuelas blandas.
Lo anterior es, por supuesto, más digresión que agresión y no tiene nada que ver con Lolita, excepto que...
Un día de 1956, temprano en la estación violeta, Amado Alonso me enseñó no una gramática parda, sino un librito verde que por la magia blanca de la moral al uso y la publicidad púdica se convertiría en un tomo escarlata en menos de dos años- Estaba editado por la Olympia Press de París, pero en inglés: esta olímpica editora clandestina era hija del obelisco fálico que al no estar ya más en la Resistencia erótica era ahora legal y gálica. Ambos editores eran padre, hijo y el espíritu non santo soplaba sobre sus anaqueles: eran los días de los Girodias, puros pornógrafos parisinos. Vi el título del tomito que mé ofrecía Amado, displicente. Se llamaba Lolita, pero excepto por el recuerdo de una criadita ampulosa, popular y tan falsa rubia como falaz amante, llamada Lolita, como para desmentir tanta carne cubana, el nombre no me decía nada.
—Aló, Lolita? —Nadie respondía a mi llamada.
—Vale la pena —me respondió Amado Alonso, y pronunció pena” como si le doliera venderme el libro.
—Es la iniciación de una niña —añadió con autoridad, casi como si fuera el autor de la desfloración impúber, aunque Amado debía saber más de niños que de niñas. Inadvertido o apenas advertido, cogí el libro en la mano— siempre acojo en mi mano lo que me ofrecen: sea, amistosa, otra mano, o ya de esteta, una teta—: verde que 16 quiero verde. Pero en ese momento Odiado Alonso ejecutó una pirueta doble y dijo: “Son dos tomos, ¿sabe.. ?’, y en efecto, eran dos libritos o un mismo libro repetido, como si Lolita tuviera una hermana gemela: dos niñas en flor o siamesas en capullo. El precio que me susurró Amado (ahora amigo, mi semejante, cómplice hipócrita) era exorbitante, y los ojos, en efecto, se me salieron de la obrita: ¡quince posos! sonaban al oído herido como iguales dólares contantes: el peso cubano, como dice el gran Bienvenido Granda, se tuteaba entonces con el dólar dondequiera. Con dolor de dólares devolvía ya los libros a su custodio como una virgen de la noche menor de edad a su proxeneta: arcanos ambos.

Luz del alma
Pero quiso el azar del lector o el designio del autor que advirtiera, en ese momento del duelo, que viera que uno de los dos tomos, cerca del lomo, no sé si en Lo o en Lita, tenía un agujerito redondo (casi imperceptible a un ojo que no fuera muy miope) que atravesaba como una oreja verde de una de las Lolitas de parte púvica a parte pudenga. Era el arte del arete de una traza tropical que venía a vengar al cliente que tiene toda la razón pero no mucho dinero. Esta perforación de Lolita —o mejor, en medias res de Lolita— hizo que se depreciara de inmediato a diez dólares —el libro, no su lectura, siempre preciosa—. Así fue como rapté a Lolita (Sabina en las sábanas o Lauta au  lit) de entre los belgas.
No conocía a Nabokov, por supuesto. Ni siquiera sabía pronunciar su nombre entonces, que me sonaba a Nabuco. Pero su libro me ganó al perderme. Me cautivó enseguida esa primera línea de su falso prefacio, “Lolita o Las confesiones de un viudo blanco”, tanto como el verbo barbarroco “preambular” por poner preámbulo. ¿O es que el protagonista, según su psiquiatra, padecía de manía preambulatoria? Lo ignoraba yo todo del arte de Nabokov, Nabuco narrador, pero enseguida supe que Humbert Humbert, autor de este sí de la niña, estaba loco. El libro abierto, en la misma primera página aparecía ese pequeño poema Doloroso: “Lolita, luz del alma, fuego lumbar”.
Todavía, ya en la novela, me esperaba a la entrada la demencia delirante del poeta pedófilo: “No hay como un asesino para tener el asesino de adorno”. ¿Se referiría acaso a Theodor W. Adorno? O más abajo, la clemencia loca, de ofrecer, como ilustración de su prosa, circular dentro de poco tarjetas postales, verdes, “de brillo”. Como si fuera poco, en ese primer párrafo paranoide el autor ilustraba la muerte de su madre de una manera más elíptica que apocaliptica: “Mi muy fotogénica madre murió en un accidente raro: picnic rayo”. Era, lo vi enseguida, una parodia nada accidental del inicio de El extranjero. Sin las pretensiones filosóficas, claro. Sin la prosa deprisa, de risa, de Camus. Sin piedad, sin par.
Leer el libro, tomo tras tomo, fue una doble fiesta fantástica: de la imaginación verbal, no de la fantasía del funámbulo. Presté Lolita, las dos, a todos mis amigos que sabían inglés en una orgía de frases felices y falsa fornicación. Escribí una crítica ignorante, inepta, que fue, sin embargo, la primera que se hizo en español a Lolita y posiblemente a cualquier libro de Nabokov. No tuvo mucha acogida en Cuba, ni erótica ni heroica, ni en otras partes, que yo sepa. Pero para mí, Viadimir Nabokov fue un descubrimiento y una revelación, casi una revolución en el palacio del placer de leer.
Desde que leí Historia universal de la infamia, en 1947, y descubrí a Borges como otro planeta, orbis tertius, ningún escritor había sido una fuente de regocijo igual y una confirmación de que toda literatura será juego o no será. Un juego de placer como el sexo, y casi tan vital. Un juego metafisico como el ajedrez y casi tan letal. Un juego de solazar. Fetes vos jeux, mesdames et messieurs. Leer a Nabokov era como escribir en inglés: un juego que yo no podía jugar con Joyce o con Lewis Karol o con Stern o con Mark Twain, nacidos en el idioma, pero podía jugar con Nabokov y su ruleta rusa de azar.

Niñas deseosas
En el pseudoprólogo al falso texto de Lolita, un analista alineado advierte que el libro “se volverá sin duda un clásico en los círculos psiquiátricos”. Lolita se ha vuelto más que un nombre propio: es el nombre impropio para señalar a esas niñas deseables, deseosas, como alicias que se ven en un espejo adulto desde temprano. Lolila, el libro, ha resultado algo más y algo menos que lo que el augurio del falaz prologuista proponía. Lolita es un clásico primero del escándalo (como Ulises, como Madame Bóvary) en que la moral no es el libro ni su autor, sino los otros, nosotros.
Es, ahora, un clásico de la literatura del siglo. Este, que es uno de los libros más escritos (sobreescritos) de las últimas décadas, nos viene en imágenes: la Lolita de Kubrick llega ya. Nadie mejor que su autor, Viadimir Nabokov, para opinar de la puesta en pantalla luminosa de sus palabras, cuyo sentido, si no oscuro, es opaco. Entrevistado por EL PAIS, Nabokov, en una nube de núbiles, dijo: “Creo que la película es absolutamente de primera fila”. Si eso dijo el escritor, ¿qué puedo decir yo, entonces, en el estreno de Lolita? Soy sólo un lector, un espectador, un mirón atento siempre a Lolita, pero mirando por un agujero hecho (ahora lo sé) por su autor, y no, como creía, por Amable Alonso...”


Teléfono rojo. ¿ Volamos hacia Moscú ? (1964)

Convençut que els comunistes estan contaminant a la nació americana, un general ordena, en un accés de bogeria, un atac aeri nuclear per sorpresa sobre la Unió Soviètica. El seu ajudant, el capità Mandrake, tracta d'esbrinar el codi per aturar el bombardeig. Per solucionar el problema, el president dels Estats Units es comunica amb Moscou per convèncer el dirigent soviètic que l'atac és un estúpid error. Mentrestant, l'assessor del president, un antic científic nazi, el Dr Strangelove, confirma l'existència de la "Màquina del Judici Final", un dispositiu de represàlia soviètic capaç d'acabar amb la humanitat per sempre.

Cal destacar la canço We’ll Met Again de Vera Lynn.

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Article de A. FERNANDEZ-SANTOS a EL PAIS, 7 de febrer de 1986:
DOCTOR REAGANWATER

“...Stanley Kubrick es uno de los cineastas más brillantes de las últimas décadas. Su brillantez —que consigue con derroches de meticulosidad y un casi enfermizo perfeccionismo— encubre en ocasiones, por exceso de elaboración mecánica, cierta superficialidad y otras, en cambio, se alía con un tino instintivo que le hace llevar la punta de sus relatos a la diana elegida. Es Kubrick un cineasta complicado, pero no profundo. Sus películas deslumbran la imaginación del espectador por un solo lado y padecen de esquematismo, falta de zona intermedia, que hace difícil extraer de ellas segundas o terceras lecturas subterráneas.
De ahí que sus películas fallen cuando se derraman y acierten cuando se concentran. Recordemos que sus mejores filmes, Pasos de Gloria y Atraco perfecto, están entre los primeros que hizo, cuando era muy joven e iba rectamente al grano. Son filmes exactos como teoremas, dotados de imágenes con filo de navaja barbera, que abren limpiamente las pústulas que aprietan. No crean mundos, pero alcanzan composiciones tan bien acabadas que sus piezas encajan unas con otras con exactitud de un mecanismo de relojería.
El lado serio de la risa
Con Doctor Sirangelove, realizada en 1963-64, bajo el recuerdo inquietante del asesinato de Kennedy y el loco ascenso del cómico belicista Barry Goldwater —uno de los padres políticos de Ronald Reagan— hacia los alrededores de la presidencia de los Estados Unidos, Kubrick llenó una doble ambición: realizar un filme sobre la tensión nuclear y poner en movimiento una historia que capturara el instante hipotético en que esa tensión se autodisparase y de asunto político se convirtiese en cataclismo estelar.
Intentó Kubrick un proyecto serio para asunto tan serio y se encontró en un atolladero: cuanto más gravemente exploraba una situación y qué personajes podrían hacerla verosímil, esa situación y esos personajes derivaban fatalmente hacia un inesperado lado irrisorio. Volvió el proyecto del revés: ¿No es la risa la respuesta humana más seria contra la subhumanidad del poder? Y el proyecto de campanuda tragedia cristalizó sin esfuerzo en una afilada tragedia al revés, en una farsa.
El filme, después de dos décadas, se mantiene en pie porque la herencia de los Goldwater es hoy más tangible que las difusas barras y estrellas de la nueva glaciación que nos amenaza y la inquietante imagen de un descuido nuclear ha pasado a ser, de excepción o descuido, un trámite cotidiano constante, asumido pero innombrable del juego, por así llamarlo, de la dialéctica de la guerra fría.
La guerra fría se mantiene como corriente oculta y la reposición de Doctor Strangelove devuelve a la luz la eventualidad permanente de su crispación más o menos accidental. La precisión del filme cuando nació era por tanto más que coyuntural, porque lo que alimentó su horror irónico mantiene intacta su capacidad para despertar risas y advertirnos con ellas que seguimos plácidamente dormidos sobre un colosal chiste negro: la necia pero veraz idea de que nuestra supervivencia como especie sigue custodiada por mentes que no son de nuestra especie.
Doctor Strangelove es un comic sobre la forzosa condición subhumana de quienes componen la cúspide humana del poder político y militar que sobrevuela nuestra supervivencia en este planeta. El filme está visualizado con nitidez de viñetas de comic y es en los personajes fantoches donde este enfoque de comic adquiere una magistral mimesis: los personajes que interpreta Peter Sellers (capitán Mandrake, presidente Muffley y doctor Strangelove), el general Turdigson (George C. Scott), el comandante King Kong (Slim Pickens), y coronel Guano (Keenan Wynn), son feroces parodias extraídas de otra parodia más feroz porque es real.
El trepidante ritmo se mantiene en un montaje simultáneo sobre tres focos permanentes de acción. Uno es el reino de la locura de Ripper; otro, el cómico infierno dialéctico de una sala de operaciones estratégicas cuyo cerebro gris es a la fuerza un contrahecho belicista; y el tercero un suave ajetreo en magistrales tomas de maqueta de un idílico bombardero atómico. Ningún enrevesamiento que le impida ir al grano a un panfleto incrédulo y redactado con tinta de sarcasmo...”

Barry Lyndon (1975)

Ens situem al segle XVIII. El jove Redmond Barry, orfe de pare, s'ha enamorat de la seva cosina, a la qual també pretén el Capità John Quin. Enfrontats en un duel arranjat, Redmond creu haver matat Quin i fuig a Dublin. Decideix allistar-se a l'exèrcit anglès, on comença a desenvolupar la seva enorme habilitat per sobreviure. Un cop de sort fa que, estant a Alemanya, li sorgeix la possibilitat de desertar. Descobert pel Capità Potzdorf, de l'exèrcit prussià, li ofereix la possibilitat de allistar-se en el mateix o ser penjat per desertor; l'elecció és senzilla, un cop a l'exèrcit prussià té la fortuna de salvar la vida del Capità Potzdorf, el que li obre les portes del servei secret Prussià

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Article d’ Octavi Marti a EL PAIS, 25 de juny de 1986:
POCA GLORIA PARA TANTO LUJO

“...Después del enorme éxito de público y crítica de 2001, una odisea del espacio y A clockwork Orange,  Stanley Kubrick decidió cambiar de registro y embarcarse en la adaptación de una novela de Thackeray. Un proyecto por el que renunciaba a su condición de gurú de la modernidad. Porque en eso se había convertido ese cineasta que había emplazado a la NASA para que inventase para él un futuro hiperrealista, o que en Telefono rojo, ¿volamos hacia Moscú? anticipaba ese holocausto nuclear que, 30 años después, la televisión nos venderá como una amenaza reciente en El día después. En Barry Lyndon no hay profecía, pero tampoco hay complacencia en el pasado. En 1975 se hablaba mucho de la moda retro, y la película pareció integrarse en aquella tendencia que reescribía la historia con el propósito de hacerla desaparecer, de ahogarla en el manierismo o en las paradojas del sinsentido, ésas por las que el espectador era invitado a descubrir que prisioneros y verdugos en los campos de concentración nazis eran protagonistas de apasionados relatos de amor sadomasoquista.
No era ésa la intención ni el resultado de Barry Lyndon, entre otras cosas porque el filme no simpatiza con ninguno de sus personajes, que se mantiene a prudente distancia de sus argumentos y no se sirve de sus prodigiosos decorados para reforzar el glamour de sus estrellas. El héroe del filme, confunde la convención con la realidad, no distingue las frases bien educadas y su significado real. Para él sólo existe la literalidad, y se empeña en conquistarla. De ahí su frenesí por los símbolos de la riqueza y el poder, su cinismo primario de arribista sin clase, que acaba derrotado por su deseo de apoderarse del lenguaje de la aristocracia. Kubrick o pinta todo con esa minuciosidad y precisión que ha ido definiendo su cine como la obra de un virtuoso de la imagen, pero el cuidado con que filma la luz de las velas o las batallas en la verde campiña no busca proporcionarnos esa emoción estética que surge del reconocimiento de unos modos que perviven, sino el dejarnos helados ante la inanidad de todas las andanzas del héroe, constancia de la poca gloria que destila tanto lujo.
Fabricar una película tan enorme para hacer salir a flote la banalidad de lo que se cuenta y de quienes lo representan era una apuesta arriesgada, porque Kubrick no se conforma con dejarnos con la imagen sino que logra ir creando otro mundo, subterráneo en el que son reyes todas las caras de la muerte y el horror, desde el absurdo burocrático de los formalismos sociales hasta la sangre que no consiguen ocultar las casacas rojas. Es otro texto el que acaba apoderándose de la película, y la conecta con otros trabajo del cineasta...”


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